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SIMULTANEO

Por alejorives - 25 de Abril, 2006, 14:07, Categoría: poemas de amor para ser mordidos

En el mismo momento en que —preso de tu nacimiento, indagado en mi centro, tendido en mi imagen, descorazonado y suspendido en el transcurso de los autos, los pensamientos, las preguntas, la fila de cadáveres— me pregunto sobre el destino de las palabras. Digo, los nombres. Digo, la risa. La enorme bola grasienta de las ciudades está a punto de rodar sobre las frágiles alas de los ángeles, los enfermos, los tristes, los locos. Y en ese momento somos, como rosas protegidas, invisibles al tacto, o como niños que no saben van a morir.

Bajo la mesa en ciudades devastadas por el fuego, la guerra y la peste. A un lado los cadáveres. Al otro las almas. La mesa de disecciones de la mente. Aún en contra de nuestras socavadas voluntades la operación se realiza con exactitud. No importan unas cuantas bombas, ni los trozos de brazos y piernas desparramados en el patio principal del mundo. Tampoco si en ese mismo momento se me ocurre nada ha permanecido demasiado detenido pero tampoco se ha movido realmente después de tanta destrucción, muerte, enfermedad, odio y agonía. Porque en el mismo momento en que no permito moverme dentro de mis pensamientos, construyo una fotografía de mis miedos o me arranco los vestidos a jirones en el espejo de los poemas, no puedo detenerte dentro de mí.  Te has echado a andar, y aunque el viaje terminara continuarías allí, transcurrirías en la sombra y en la luz, avanzando como el verano, en el torrente enloquecido de la sangre, en el río interior de los árboles y en la corriente abismal de los ojos.

Soy una mariposa ciega.  Hermoso.  En el espejo no veo sino con los ojos cerrados. Transcribo la emoción como un monje.  Visito tu casa;  te encuentro mirando por una de sus ventanas y describo lentamente los movimientos y la música que exhalan esos movimientos. Tu respiración, tu paz me pertenece. Mas no como cuando se es dueño de un reloj, y en algún momento se detiene, sino como cuando se ha visto pasar el día a través de un cristal tan limpio, delgado y real, que la vida palpable se transforma hasta esfumarse y desaparecer para siempre.

El árbol donde nos reímos, está riendo todavía.  Ahora lo sé, hay algo de misterio y tragedia en la continuidad herida del amor. Te amo para siempre, comprendo, no existe otro modo de amar; no hay parada final ni estación que no esté movida por tormentas, por guerras y explosiones constantes. Por nacimientos y muertes y que se hacen a sí mismos como edificios locos, ladrillo sobre ladrillo y también inmensas e innumerables ventanas, corredores, puertas interiores y hacia otros espacios.

El lado animal de la eternidad.

La permanencia de la furia en el fondo de las cosas, aunque estén hechas de pedazos humanos.

El barro ríe ante la boca devoradora de la lluvia, al internarme en tu vida descubrí el tiempo filoso cincel y va tallando los segundos para siempre. En la invisibilidad que se expande para habitar la totalidad abrir el corazón para respirar en medio de la tragedia que ocurre al oír la propia música o en la soledad maravillosa de los encuentros.

Tu nombre va tallado, como digo, en el preciso instante en que dejo de pensar para ocupar toda tu extensión. Por eso al salir de esas imágenes, al obrar en el terreno movedizo, en la sombra constante de la aldea que como una extensión inhumana sobreviene, gira y se hunde: se ve a la muerte trabajar. Miras esos rostros que han sido vomitados en espejo que jamás ha visto en verdad, como no han visto ellos sus rostros en él, y no por haber tenido los ojos demasiado abiertos como suele suceder, sino por haber estado siempre muertos.

Entonces te imaginas una vida más rica. Constantemente agazapada y liberada a la vez. Cuando me imagino en esa vida con vos, es como si entrara en una enorme sala desierta, en donde pudiera inventar cualquier cosa, cualquier emoción. Ya no importa el destino del viaje, ni tan siquiera la sala de la creación, la vida es lo único real, el deseo es la única verdad y es la verdad de la alegría y la verdad del dolor y la verdad de la imaginación.

El único error, lo constituyen las palabras.

Adrián Campillay (de POEMAS DE AMOR PARA SER MORDIDOS)

Ilustración de tapa: Silvio Campillay (ver blog del ilustrador)

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